VOCES DE LA DIÁSPORA

EXPRESIÓN Y PRESENCIA DEL AUSENTE

12.9.06

VÍCTOR MONTOYA: ESCRITOR BOLIVIANO RESIDENTE EN SUECIA

Víctor Montoya

Presentación

Víctor Montoya
La Paz, Bolivia, (1958)

Escritor, periodista cultural y pedagogo. En 1976, como consecuencia de su actividad política, fue perseguido, torturado y encarcelado, hasta que en 1977, tras ser liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia.

Su extensa obra abarca el género del cuento, la novela, el ensayo y la crónica periodística.

Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos.

Ha publicado: Huelga y represión (1979), Días y noches de angustia (1982), Cuentos Violentos (1991), El laberinto del pecado (1993), El eco de la conciencia (1994), Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995), Palabra encendida (1996), El niño en el cuento boliviano (1999), Cuentos de la mina (2000), Entre tumbas y pesadillas (2002), Fugas y socavones (2002) y Literatura infantil: Lenguaje y fantasía (2003). Reside en Estocolmo desde 1977.

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Víctor Montoya entre la política y la literatura
Por Luis Rumbaut
(Editor del periódico Metrópolis en Washington)

El escritor boliviano Víctor Montoya, radicado en Estocolmo desde 1977, rememora su forzado exilio, habla sobre la vida en Suecia y reflexiona en torno a su prolífica obra literaria. Escribió su primer libro de testimonios en la cárcel, durante la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez.

-¿En qué parte y tiempo de Bolivia naciste y creciste?
-Nací en la ciudad de La Paz, el mismo día en que se celebra el Año Nuevo aymara. Sin embargo, desde mi más tierna infancia, crecí y me eduqué en las poblaciones mineras del norte de Potosí.

-¿Cuándo y cómo decidiste que serías escritor?
-No fue una decisión consciente, sino hasta que comprendí que escribía mucho más por una necesidad existencial, que por asumir una pose intelectual. Empecé escribiendo en la escuela secundaria, en una pequeña revista editada por el Centro de Estudiantes. Esta mi inquietud -o quizás vocación-se reafirmó cuando, al cabo de cumplir dieciocho años, fui encarcelado por la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez. Fue allí, en un rincón de mi celda, donde escribí mi primer libro de testimonio "Huelga y represión".

-Saliste al exilio en 1977. ¿Qué te impulsó a salir?
-En realidad salí al exilio gracias a una campaña de Amnistía Internacional, que me adoptó como uno de sus presos de conciencia. Lo cierto es que no salí voluntariamente, sino obligado por las circunstancias, pero con el firme propósito de volver a ingresar en el país clandestinamente; un hecho que, empero, no se concretó debido a diversas razones difíciles de explicar de manera breve.

-¿Cómo sopesas la influencia en tus escritos de tu vida personal desde niño versus la influencia de la sociedad más amplia?
-Un escritor, como cualquier individuo, es la hechura de sus experiencias personales y las influencias del entorno social. Por eso mismo, la vida de un autor, de un modo consciente o inconsciente, se refleja en su obra. No en vano se advierte: "Dime qué escribes y te diré quién eres". En mi caso, por darte un ejemplo, las vivencias de mi infancia, junto al hilo sutil de la imaginación y el compromiso social, han sido fundamentales a la hora de concebir las ideas y escribir mis libros, salvo en los ensayos que son de carácter más técnico y menos intimistas.

-¿Cómo te ves en ese país de nieves blancas y noches largas, de cosas ordenadas, sensatas, y prácticas, y del bienestar común, lejos de las imágenes y los conflictos alucinantes de Latinoamérica?
-Me veo como cualquier latinoamericano de los años 70, que, tras el advenimiento de los regímenes autoritarios en el Cono Sur, fue acogido con los brazos abiertos por la solidaridad de los suecos, quienes, por entonces, estaban identificados plenamente con los movimientos de liberación en el llamado Tercer Mundo. De modo que no tuve demasiado tiempo para reflexionar en la abundante nieve ni en las noches largas del invierno escandinavo. Pero eso sí, lo que más me llamó la atención fue el bienestar colectivo y el consumismo impresionante. No lograba entender cómo un país, ubicado en el techo del mundo, podía ser tan rico siendo tan pequeño en comparación con cualquier país latinoamericano. En Suecia, por otro lado, los conflictos sociales eran -y siguen siendo-menos beligerantes que los que se viven en América Latina, donde las diferencias sociales, raciales y sexuales están más polarizadas.

-¿Qué podemos aprender de Suecia y los países nórdicos?
-El buen manejo de las normas de la democracia formal, el respeto a los Derechos Humanos y la tolerancia con las diferentes ideologías y los credos. Asimismo, podemos aprender que es posible una sociedad multicultural, donde se puede convivir armónicamente a pesar de las diferencias.

-Anteriormente este año encontramos en Internet la proclama de un militar boliviano, de esos que se ofrecen a liderar la lucha armada contra los bárbaros y comunistas que acechan siempre al país y al mundo civilizado, y que en la primera oración tildaba al nuevo presidente Morales de "aborigen semianalfabeto." ¿Son cosas de Bolivia, de un sur atascado en la colonia?
-En la historia de la humanidad nunca han faltado los militares y civiles insensatos, cuyas bravatas proyectan sus instintos más gregarios, poniendo en juego los principios más elementales de la democracia y el Estado de derecho. No cabe duda que Evo Morales, a diferencia de los presidentes criollos que ostentó Bolivia, es un gobierno de consenso, el auténtico representante de una nación mayoritariamente indígena. Es el primer mandatario que se propone refundar la república y rescribir una constitución más acorde con la realidad nacional y con los intereses de las mayorías. Su lucha es legítima como legítima es su defensa de los recursos naturales. Su elección a la presidencia no sólo marca un hito en la historia de las naciones originarias, sino también un hito en la historia del continente americano, y sus reformas, que avanzan no a paso de tortuga sino a saltos de canguro, ponen en jaque a los enemigos de la nación andina, que desde la época de la colonia ha sufrido el avasallamiento cultural y el despojo, y ha sido flagelado por los látigos del imperialismo.

-Tus escritos llevan profundamente la huella del aymara, del poblador originario que como minero de por siglos barrena las vetas hacia el corazón terráqueo de Bolivia. ¿Se ha convertido el aymara del altiplano, del Inti, en un hombre subterráneo, como el Tío de la mina? ¿O recupera el cielo y el sol?
-Es cierto, gran parte de mi literatura rescata la memoria histórica y la tradición oral de las culturas ancestrales. Mis "Cuentos de la mina", cuyo protagonista principal es el Tío (dios y diablo que habita en los socavones, y a quien los mineros le rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente), es una prueba de que la gran literatura boliviana, al menos la gran literatura minera, está recién por escribirse. Ojalá que los últimos cambios que se han producido en el país sirvan de estímulo a la nueva generación de escritores, quienes deben hacer aflorar la literatura mágica y secreta de los aymaras, quechuas y guaraníes.

-¿Piensas volver a Bolivia algún día, o te es ya muy tarde?
-No hay un solo exiliado ni emigrante que no desee volver a la tierra que lo vio nacer. Abrigo las esperanzas de que algún día pueda establecerme en ese país enclaustrado que cargo en lo más profundo de mi ser.

-¿En qué trabajas ahora?
-Ejerzo el periodismo cultural y la literatura.

-¿Visitarás algún día Washington?
-Si, algún día sin falta, al menos para tener la sensación de que alguna vez estuve en el ombligo de uno de los imperios más poderosos el mundo. Pero, además, porque quisiera encontrarme con mis lectores y con tantos amigos que comparten conmigo los mismos sueños y las mismas esperanzas de forjar un mundo más libre y más justo, así sea aferrados a la "utopía" de que otro mundo es posible.

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Fiebre de salsa en Estocolmo

Cuento

Por Víctor Montoya

Sábado. Nueve de la noche. Juan puso en el estéreo el disco compacto de boleros que compró la semana pasada. Y, mientras la música ganaba los espacios de su apartamento de soltero, se desvistió y entró en la ducha.

Los boleros lo seducían y le despertaban la memoria sentimental, como si los vocalistas cantaran con precisión sus amores y desamores, y recuperaran en un solo instante toda su vida. Dicen que la distancia es el olvido..., acompañó con voz quebrada y silbosa desde la ducha, consciente de que esa canción siempre le tocó las puertas del corazón y en ocasiones hasta le arrancó lágrimas de nostalgia.

Somos un sueño imposible que busca la noche..., musitó, convencido de que el bolero era la canción más carnal y espiritual que existía, y que los cantantes de esa música ponían su voz al servicio del amor, incluso renunciando al suyo para ir diciendo esas mentiras necesarias o esas palabras que las parejas no llegaban a decirse por pudor mientras bailaban y se arrimaban.

Bésame, bésame mucho...

Juan ya se había duchado y afeitado, mirándose la cicatriz que le partía el pómulo. Se echó loción y desodorante, se puso una camisa estampada de medio cuello y unos pantalones que hacían juego con sus mocasines de cuero revuelto. Se cepilló los dientes y se peinó con gomina. Apagó el estéreo, se ajustó la malla del reloj y metió la billetera en el bolsillo del pantalón. Se colocó las gafas oscuras y se puso el sombrero de ala ancha, que compró más para parecerse a Pedro Navaja que a los gángsteres de Al Capone.

Diez de la noche. Durante la semana había trabajado más de ocho horas diarias, y ahora quería marcha, unas copas, un vacilón y una chica rubia para pasarlo bomba como todos los sábados por la noche. Se miró por última vez en el espejo del zaguán y ganó la calle rumbo a la salsoteca LA ISLA, donde lo conocían como a uno de los mejores bailarines de Estocolmo, pero también como a uno de los latinoamericanos más temidos por sus antecedentes criminales, generalmente por drogas, peleas, atracos a mano armada e intentos de violaciones.

Juan tomó el metro en la estación de Fittja. Se sentó en uno de los últimos asientos del primer vagón, lleno de graffiti de colores expresivos, y pensó que LA ISLA no era un antro de perdición, sino una de las salsotecas más cotizadas de la ciudad y uno de los centros más efectivos de integración cultural, sobretodo cuando se iba solo, pues eso de llevar a mujer conocida, era como llevar leña al monte.

En LA ISLA se iba a sentir la brisa del Caribe, romper el estrés, bailar hasta la madrugada, divertirse y, si lo permitía la noche, cargarse a la primera mujer dispuesta a acabar la fiesta en la cama de un latinamerican lover.

Cuando llegó a la estación de Slussen, cambió de metro en dirección a Hässelby. Se paró cerca de la puerta de acceso al vagón, frente a una mujer gorda que lo miró con desprecio y a una muchacha hermosa que le regaló una sonrisa tímida. Él se arregló las gafas y el sombrero, carraspeó con disimulo y siguió pensando en que las suecas que invadían LA ISLA eran cosmopolitas por excelencia y sabían bailar contoneándose como fieras. No hacía falta saber el idioma sueco para comunicarse con ellas, pues casi todas habían estado alguna vez en España y hablaban el castellano como práctica.

Se apeó en la estación de Fridhemsplan, un barrio céntrico muy diferente al suyo, que durante los fines de semana tenía la magia de trocarse en uno de los refugios de la vida loca en Estocolmo. Subió la grada mecánica y se enfrentó a un hombre de rostro tétrico, quien vomitaba y orinaba cerca de la caseta de control y las puertas que daban a la calle.

En la entrada de la salsoteca había una cola obligatoria. Juan ocupó su puesto entre unas rubias platino, muy escotadas, y unos tipos de rostros duros como el granito, que estaban allí sólo para mirar a las muchachas que exhibían mínimas tangas y espléndidas anatomías morenas.

En media hora de espera, Juan avanzó hasta el dintel de la puerta, donde advirtió a una mulata despampanante y envuelta en un halo de grandeza, como si en sus enormes nalgas cargara el emblema del triunfo, la belleza y la riqueza. Delante de ella estaba el portero, un joven que tenía brazos de marinero y cara de matón. Juan pagó la entrada y franqueó la puerta, mirando con desprecio a quienes no tenían más que 100 coronas en la billetera; 50 para la entrada y 50 para una cerveza o dos Coca-Colas.

Ya en el vestíbulo, entre la guardarropía y el baño higiénico, lo golpeó el vaho cálido de la pista de baile, donde la música, retumbando entre luces fosforescentes, parecía descolgarse del techo.

Avanzó hacia el bar entre cuerpos que se movían al compás de los últimos hits de Ricky Martin. Se apoyó en el mostrador, al lado de dos hombres acodados en la barra del bar, y pidió un Cuba Libre. Sorbió un trago, se secó los labios con el dorso de la mano, en tanto sus ojos, impávidos como carbones, miraban en una dirección y en otra. Repasó las mesas una por una y rastreó la pista de baile. Todas las mujeres eran iguales, excepto una que tuvo el privilegio de acelerarle el corazón. La vio al fondo de la barra, sentada sobre un taburete, sola, como esperando a alguien que no llegaba. Parecía un ángel suspendido en el aire; tenía pelo de valkiria y lucía un bronceado de lámpara, sus ojos eran verdes y brillantes como la esmeralda y el color de sus labios era similar al de sus uñas laqueadas de rojo carmín; vestía una blusa que dejaba adivinar las formas perfectas de su busto, un pantalón ajustado a las piernas y zapatos con hebillas y plataforma.

De rato en rato, mientras la miraba por detrás de sus gafas oscuras, abriendo bien los ojos, como deseándola, ella sorbía la cerveza y miraba su reloj, miraba su reloj y sorbía la cerveza, hasta que levantó la mirada y se encontró con la cara de Juan, quien se quitó las gafas a modo de comunicación. Ella, cuya elegancia y belleza imponían el juego de la eterna seducción, se hizo la desentendida y empezó a moverse al ritmo de la música, mientras su mirada revoloteaba por doquier y sus pechos se agitaban bajo la finísima blusa de seda. Juan, al verla moverse a media luz, como una hermosa gata de ojos enigmáticos, quedó atrapado por su figura de contornos armoniosos, al extremo que cuando ella cruzaba las piernas, a él se le cruzaban los ojos.

Juan, consciente de que tenía mucho desparpajo con las mujeres, se le acercó con la copa en la mano y una sonrisa de conquistador. Ella no resistió a la tentación de esos ojos negros, penetrantes y atractivos, que durante largo tiempo la estuvieron observando a media luz.

—¿Esperas a alguien? —preguntó con voz pausada y colocándose otra vez las gafas.

—Sí... —contestó ella. Hizo un silencio, dudó un instante y prosiguió—: No, no espero a nadie...

—¿Entonces puedo hacerte compañía?

Ella calló, aunque aceptando con la mirada.

—¿Cómo te llamas?

—Annika —dijo—. ¿Y tú?

—Juan, Juan Moncada —contestó él, terminando de confirmar la teoría de que la mayoría de las suecas que estaban en la salsoteca hablaban o entendían castellano.

Ambos se retiraron de la barra, acompañados por la voz sonora de Juan Guerra, quien cantaba desde los altoparlantes: Quiero ser un pez / para tocar mi nariz en tu pecera / y hacer burbujas de amor por dondequiera... Se instalaron en una mesa vacía, donde apenas alcanzaban las luces fosforescentes, y donde él solía dar besos a tornillo a las muchachas más guapas de la salsoteca.

—Es la primera vez que te veo aquí —dijo Juan, intentando elevar la voz para sobreponerse a la música estridente.

Annika pidió otro vaso de cerveza al camarero, encendió un cigarrillo y contó que había estado de vacaciones en Cuba, que admiraba la retórica de Fidel y la gesta heroica del Che.

Juan, que siempre tuvo más interés por las mujeres que por la política, la escuchó atento, en silencio, hasta que la música: Me enamoré de ti, de Oscar D’León, lo devolvió a su realidad y lo invitó a demostrar sus habilidades en la pista, donde campeaban los latin lovers, las beautiful señoritas y la salsa, ese ritmo que sonaba a cuerpos morenos, a ron y caña de azúcar.

—¿Bailamos? —preguntó Juan, arrastrando la silla para ponerse de pie.

Annika asintió con la cabeza, apagó la hebra del cigarrillo y caminó con donaire delante de Juan, quien, como todo macho experto en el arte de cortejar a una hembra, la siguió por detrás, muy de cerca, protegiéndola de los codazos y las pisadas.

En la pista había un remolino de gente, que se movía más al compás de los flecos de luz que de la música. Estaba claro, no todos tenían la facilidad de aclimatarse a los huracanes de la música caribe, como esas parejas que daban sus primeros pasos de salsa, observando cómo lo hacía el vecino e improvisando ondulaciones corporales y cefálicas de rock en un baile que exigía mucha flexibilidad corporal. En cambio Juan y Annika, como si tuviesen la música metida en las venas, se deslizaban sobre el piso con una total libertad de expresión y de movimientos, llamando la atención hasta de los más diestros bailarines de LA ISLA.

No cabía duda, en la pista inundada de luces multicolores, Juan se convertía en el rey del mambo, cha-cha-cha, cumbia, rumba, salsa, merengue y guaguancó. Y, por si fuera poco, estaba siempre radiante y feliz, como si la noche hubiera sido la mejor de su vida. Brillaba la chispa de oro en su dentadura blanca y su corazón revoloteaba como un pajarillo asustado. Annika no se quedaba atrás, era una mujer capaz de embelesar a cualquiera que la viera bailar como aspa en medio de las luces fosforescentes, luciendo una sonrisa amplia y los atributos de su belleza escandinava.

Cuando el DJ puso la salsa erótica de Eddie Santiago: Quiero amarte en la yerba, Juan le puso una mano en la cintura y la otra en la espalda. En tanto Annika, aceptando que la salsa era un baile sensual en el cual el hombre dominaba a su pareja con las manos y los pasos, asumió una actitud de total entrega.

En la pista, donde todos se entregaban a la música con pasión infinita, la salsa erótica hizo subir la temperatura de los cuerpos al ritmo de: ¡Ay, José!. Así no por favor / ¡Ay, José!, hazlo otra vez. / No te pongas tan blandito, / ponte un poco más durito... Juan aprovechó el texto de la canción para arrimarse contra los pechos de Annika, quien se dejó llevar por la cadencia del hombre que empezó a rozarle las nalgas con los dedos. No se miraron ni se hablaron, hasta que sus labios se fundieron en un beso. Cambió la música y ellos dejaron de bailar. Juan levantó la ala del sombrero y se secó el sudor de la frente. La saliva le pasaba densa por la garganta y sus palabras se disolvían en una respiración agitada.

—Descansemos un rato —propuso ella, mientras la voz melosa de Lalo Rodríguez pedía desde los altoparlantes: Devórame otra vez, devórame otra vez...

Cansados y sedientos, vaciaron sus copas de golpe. Se agarraron de las manos y se miraron a los ojos, atrapados en el torbellino de un amor apasionado y en medio de una voz que soplaba en sus oídos: ...Hasta en sueños he creído devorándome / y he mojado mis sábanas blancas recordándote. / En mi cama nadie es como tú...

Juan pidió dos vasos de cerveza a su cuenta, sin dejar de escuchar impresionado los comentarios de Annika, cuya elocuencia le permitía incluso intelectualizar la historia de la salsa, salpicando sus comentarios con citas arrancadas de algunas obras literarias, como Los reyes del mambo tocan canciones de amor, La guaracha del Macho Camacho y La importancia de llamarse Daniel Santos. Era la primera vez que Juan estaba frente a una mujer que era algo más que sexo y belleza, por eso cuando ella le contó de su vida y de su trabajo como enfermera, él prefirió callar y no decir nada, por el temor a revelar que detrás de esa pinta loca se escondía un inmigrante de baja formación cultural, un elemento con antecedentes penales y un empleado ilegal que se ganaba el pan trabajando a la negra en una empresa de limpieza.

—Así que tú, a diferencia de otros latinos, hablas poco, ¿verdad? —inquirió Annika.

Juan, dispuesto a disimular su ignorancia como otras veces, dejó brillar la chispa de oro de su dentadura blanca y contestó con los mismos dichos de siempre:

—Hablar es plata y callar es oro. Además, perro que ladra, no muerde.

—¡Ah, sí! —dijo Annika, con cierto asombro—. No conocía esos refranes, salvo ese que dice: En boca cerrada no entran moscas.

La fiesta llegó a su fin. La música dejó de zumbar en los altoparlantes y la salsoteca se fue vaciando como un teatro al cabo de la función.

Annika, consciente de que Juan estaba en sus manos, lo bañó con la mirada y lo invitó a tomar la última copa en su apartamento, ubicado a dos cuadras de LA ISLA. Él aceptó la propuesta y se aprestó a salir con ella. En ese trance, un tremendo ruido de voces y botellas estalló a sus espaldas. Juan volvió la cabeza con vértigo y vio a dos hombres de camisas remangadas hasta el codo y melenas alborotadas, enfrentándose como gallos de pelea en medio de un ruedo de rostros espantados y ojos expectantes. Uno de ellos, nariz aguileña y pómulos prominentes, estaba apoyado de espaldas contra la pared y desprendía una mirada amenazante; en tanto el otro, que llevaba una cinta amarrada en la frente y un chaleco de alpaca, agitaba los brazos gritando a viva voz: ¡Acércate, cabrón! ¡Te voy a romper la cara!...

Por un instante cundió el pánico y la confusión. Los adversarios se lanzaron al ataque y se trenzaron en un remolino de puñetes y patadas, como si la furia les hubiese reventado en las manos y los pies.

Juan, que estaba muy metido en lo suyo, ni siquiera se dio cuenta de la camorra que se armó a sus espaldas. Una fiesta sin peleas, no es fiesta, se dijo. Pero cambió de opinión cuando vio que uno de los hombres, la cara pálida como la luna y los ojos retintos como la noche, se plantó delante de su adversario, las piernas abiertas y el puñal en la mano.

—¡Concha su madre! A estos indios les volvió a salir la pluma —dijo una voz masculina, arrastrándose desde la barra del bar.

Cuando llegó el portero, abriéndose paso entre los curiosos, era ya demasiado tarde, pues el hombre que estaba armado acabó de asestar cuatro puñaladas en el pecho de su rival. La víctima, sangrando por la nariz y los labios, avanzó unos pasos entre espasmos y retorcijones, antes de desplomarse cerca de las patas de una mesa, donde puso los ojos en blanco y exhaló el último suspiro.

—¡Basta ya, huevón! —gritó el portero, abalanzándose sobre el autor del crimen, quien, puñal en mano, repetía obstinadamente: ¡Ahora puedes quedarte con esa puta, carajo!...

Cuando Juan escuchó la palabra puta, en medio de un alboroto aterrador, comprendió que los dos hombres, heridos en sus sentimientos, emprendieron a puñetes y patadas por el amor de una mujer. Los celos terminaron en golpes y los golpes en un crimen.

Annika, en honor a su ética profesional, se acercó de inmediato hacía el hombre que yacía en el suelo, teñido por la sangre que manaba a borbotones por los cuatro agujeros de su pecho. Se arrodilló y le aplicó los masajes de primeros auxilios, pero sin volverlo a la vida por mucho que lo intentó con el método boca a boca.

Allí permanecieron taciturnos y sin hablar. Llegaron los policías y la ambulancia. Los enfermeros se llevaron el cadáver en una camilla, mientras los policías, tras detener al asesino, lo esposaron llevándoselo a empujones.

En el ámbito del local, que durante la noche fue escenario del baile y la alegría, quedó un manto de tragedia y en el piso quedaron silueteados con tiza los contornos del cuerpo de ese hombre que, tras haber conocido la gloria caliente de la salsa, se alejó de este mundo con el rostro congelado por el frío de la muerte.

—Es el primer crimen que se comete en esta salsoteca —dijo Juan, intentando apaciguar los nervios exaltados de Annika y recordando instintivamente las riñas en las que él estuvo implicado en el pasado.

—Lo extraño es que todo pasó muy rápido —dijo Annika—, como en la canción de Rubén Blades, quien cuenta en pocos minutos, y con el respaldo sonoro de las congas, la crónica negra de Pedro Navaja en un suburbio hispano de New York.

Juan, al escuchar esa referencia musical, creyó reconocer en el texto de esa canción su propia historia.

—¡Vamos! —acotó Annika, encaminándose en dirección a la puerta.

Tres de la madrugada. La noche había sido vencida por el día y el sol estallaba en las ventanas de los edificios. Subieron por las gradas mecánicas hacia St. Erikgsgatan, por donde transitaron en dirección al Este, abrazados y en silencio. Annika tenía un leve temblequeo en las piernas de tanto haber bailado y Juan sentía un mal sabor en la boca, como cuando comía kebab en la caseta del turco Mohamed.

Cruzaron por el puente, los brazos enlazados en la cintura y las miradas tendidas en las aguas serenas del lago, donde el sol reverberaba con toda su intensidad y los yates se mecían anclados a lo largo de los muelles y cantiles. Al final del puente, en el primer edificio del lado derecho, sobre una tienda de ropas y un salón de peluquería, estaba el apartamento de Annika.

—Vives en un lugar céntrico y cerca de LA ISLA —comentó Juan, las manos en la cintura y los ojos puestos en la nada.

Annika hizo girar la llave en la cerradura y abrió la puerta con el hombro. Avanzaron por un pasillo adoquinado y se metieron en el mismo ascensor donde ella, en cierta ocasión, apenas entrada la noche, se encontró con una navaja en el cuello y un hombre que decía: La vida o la cartera. Pero Annika, dispuesta a batirse con quien se le pusiera enfrente, lanzó tal alarido que ella misma se quedó asustada al escucharse. Sin embargo, su gritó bastó para que el asaltante saliera disparado rumbo a la calle.

En el tercer piso del edificio, salieron del ascensor y se acercaron a una puerta en cuyo buzón se leía: Annika Svensson.

—Aquí vivo...

Juan se quitó las gafas, los zapatos y el sombrero en el zaguán. Pasó al living, seguido por los pasos de Annika, quien, acercándose al pequeño bar del armario de IKEA y esbozando el preludio de una sonrisa, ofreció con voz suave:

—¿Vino, cerveza o whisky?

—Whisky —contestó él, hundiéndose en el sillón de cuero negro y sin dejar de observar las paredes forradas con estantes repletos de libros, discos, casetes, cuadros, fotografías y estatuillas de madera y pedernal.

Annika sirvió dos copas. Una se la pasó a Juan y la otra la dejó sobre la mesa de mármol.

—Vuelvo enseguida —se excusó.

Primero entró en el baño, dejó correr el agua del inodoro y se lavó su pilosa entrepierna en el bidé. Luego entró en el dormitorio y, al poco rato, volvió con el rostro cubierto de alegría y envuelta en un kimono que se le precipitaba por las vertiginosas curvas de su cuerpo.

—Eres tan bella que todo tu cuerpo es luminoso como una lámpara encendida —piropeó Juan, reacomodándose en el sillón y sorbiendo un trago de whisky.

Annika puso en el estéreo la salsa consciente de Rubén Blades. Se sentó al lado de Juan, cruzó las piernas, levantó su copa y escuchó a medias la historia de Pedro Navaja, mientras recordaba el suceso que le tocó vivir en LA ISLA. Juan le iba a decir algo, pero ella se levantó de golpe y cambió la salsa por la música de Silvio Rodríguez.

—Es mi trovador favorito —dijo, volviéndose a sentar—, porque hace la revolución cantando canciones de amor...

Cuando Juan escuchó América, te hablo de Ernesto, pensó que Annika, si no era militante de izquierdas, al menos era una mujer consciente, con el corazón puesto al lado de los desheredados y los pensamientos puestos al servicio de las corrientes libertarias.

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan / para que no las puedas convertir en cristal... Annika, seducida por la voz de su trovador favorito, afianzó la cabeza contra el hombro de Juan y enseñó el naciente de sus senos por entre la abertura del kimono, cuya transparencia dejaba vislumbrar el color de sus prendas interiores y el fulgor de su belleza.

Juan se volvió hacia ella, la atrapó con las manos y la besó con una pasión devoradora, desatando los deseos retenidos en las concavidades de ese cuerpo que se agitaba bajo el roce de las caricias. Así permanecieron por algún tiempo, mirándose a los ojos y buscándose con los labios. La música desfalleció en el estéreo y las llamas de la excitación se encendieron a flor de piel. Juan recorrió la mesa con el pie y se levantó del sillón. Alzó a Annika en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio, por cuya ventana, de persianas suspendidas y cortinas descorridas, penetraba la luz del sol, haciendo carambola en los objetos más cercanos. La tendió sobre la cama y, a poco de desatarle el ancho cinturón del kimono, le quitó la tanga a besos, mientras él se desabotonaba la camisa y se desabrochaba el pantalón.

Los cuerpos, desnudos y sedientos de amor, sucumbieron a las caricias de las manos y los labios, hasta que Annika, la cabellera esponjosa, la voz suave, la figura esbelta, la piel satinada y los senos hechos de miel y de nácar, separó los muslos y entregó su vellocino de oro al argonauta que la conquistó con la mirada oscura y la lanza ardiente como el fuego. Al final, ambos aflojaron la tensión de sus músculos en un orgasmo profundo y prolongado, y lanzaron gemidos redondos en la claridad del dormitorio, donde Juan, por primera vez, descubrió que la lucidez sexual de una mujer era capaz de torcer el curso de las ideas tradicionales de un macho.

Algo después, quedaron dormidos.

Al despertar al mediodía, con una resaca estallándole en la cabeza, Juan advirtió que Annika no estaba ya en la cama ni en el apartamento. Se vistió desganado y entró en la cocina, en cuya mesa encontró una nota que decía: Cuando te vayas, no olvides asegurar la puerta. Annika.

Juan ocupó el baño y se lavó la cara, mirándose en el espejo la cicatriz que le partía el pómulo. En el zaguán, donde quedó impregnado el perfume de Annika, se calzó los mocasines de cuero revuelto, se colocó las gafas oscuras y se puso el sombrero alón de medio lado. Aseguró la puerta a sus espaldas, tomó el ascensor hasta la planta baja, ganó la calle inundada de sol y se alejó por la acera tarareando el estribillo de Pedro Navaja: La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay, Dios!...

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En el país de las maravillas

Por Víctor Montoya

El avión despegó como un pájaro gigante y se elevó al cielo, dejando atrás la tierra que me vio nacer. Recliné la cabeza contra el respaldo del asiento, desajusté el cinturón de seguridad y, contemplando las nubes a través de la ventanilla, soñé despierto en que por fin, estando en un nuevo país, llegaría a ser algo más que un simple opositor del gobierno. La azafata, una muchacha hecha de marfil y sonrisa, me entregó una caja de comida y dijo algo que no entendí. Después hizo ademanes con las manos, como una muda que se dirige a un sordo, pero tampoco entendí. Entonces se volvió y desapareció en el compartimiento que estaba cerca de la puerta de acceso. Me quedé pensativo, avergonzado, al constatar que el idioma, aparte de ser un instrumento de comunicación, era también una barrera infranqueable.

Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Arlanda, tras varias horas de viaje, salí con el maletín en la mano y avancé por un pasillo que me llevó hacia una cabina de control de pasaportes, donde me detuvieron dos policías que, tomándome por los brazos, me condujeron a un cuarto que parecía una oficina.

El más alto, barba crecida y algo panzón, se sentó detrás del escritorio. Marcó el teléfono, me escudriñó de pies a cabeza y habló con voz inaudible. Me senté en la silla de enfrente, sujetando todavía el maletín en la mano.

–¿A qué viniste a Suecia? –preguntó en español, mientras miraba detenidamente el pasaporte.
–A buscar refugio político –contesté, mirándolo con la misma intensidad con que él miraba el pasaporte.

El otro policía, que estaba parado a su lado, las piernas abiertas y los brazos cruzados, le dijo algo que no entendí, pero que, por los gestos que hizo, me dio la impresión de que no estaba molesto, y hasta me pareció que sentía lástima por mí.

Al final del interrogatorio, me hicieron firmar un formulario, imprimieron un sello rojo en el pasaporte y me sacaron rumbo a un garaje, donde estaba aparcado un auto de color azul, que tenía dos sirenas en el techo y una inscripción donde decía: “Polis”. Me acomodé en el asiento trasero, y el auto, a poco de dar vueltas en un laberinto subterráneo, salió hacia un paisaje blanquecino, que era el más hermoso que jamás haya visto en mi vida. Era invierno y el termómetro marcaba 15 grados bajo cero, mientras la nieve, impactante a primera vista, me provocó una repentina sensación de frío, como si hubiese llegado a la cuna del hielo.

En el trayecto, a medida que iba contemplando los bosques y las casas que parecían arrancadas de los cuentos de hadas, cayó el manto de la noche a las 15 y 30 de la tarde. Fue entonces cuando pensé que el clima de Suecia, con su frío y su oscuridad, era distinto al clima de mi pueblo, donde el sol ardía en la franela azul del cielo y la tierra calentaba los pies.

El auto se detuvo delante de un hotel. En las calles había mujeres hermosas como Blancanieves y hombres enfundados en ropas que me recordaban a los esquimales de las tarjetas postales. Los policías, sin dirigirme la mirada ni la palabra, me bajaron del auto y me acompañaron hasta la oficina del hotel, donde hablaron con el administrador; un hombre de aspecto bonachón y bigotes poblados, que tenía pinta de italiano, y quien, sonriéndome desde detrás del mostrador, me alcanzó las llaves de una habitación.

Los policías y yo entramos en el ascensor y subimos hasta el último piso, en cuyo corredor, al lado izquierdo y al fondo, estaba la habitación donde debía quedarme hasta el día siguiente. Los policías se despidieron, salieron del cuarto y cerraron la puerta a sus espaldas. Respiré profundo, como si mi alma hubiese vuelto a instalarse en mi cuerpo, y me dije: “Por fin estoy solo, sano y salvo”. Dejé mi maletín junto a la puerta y me acerqué a la ventana, desde cuya altura pude ver, a lo lejos, el blanco resplandor de la nieve, un bosque sin pájaros y un lago congelado, donde los yates, anclados en los muelles, parecían ballenas atrapadas por un monstruo de hielo.

Las paredes de la habitación estaban decoradas con una serie de cuadros y grabados, la cama lucía una sábana impecable, la repisa tenía televisor y teléfono, y el ropero era demasiado grande para lo poco que llevaba en el maletín. Cuando entré en el baño, atisbando a mí alrededor como un perro en territorio ajeno, quedé asombrado por la limpieza del lavabo, la taza y la tina; el baño tenía un armario con espejo y unos azulejos empotrados en el piso y la pared. Todo lo que antes me parecía un lujo, un sueño de Cenicienta, de pronto se hizo realidad, como si hubiese llegado al país de las maravillas, donde todo era asombro y novedad, incluso la limpieza, pues donde ponía la mirada no encontraba una pizca de suciedad. En cambio en mi país, donde la mayoría vive en la miseria, no es extraño que la gente se lave dos veces en la misma agua y haga sus necesidades a la intemperie.

En la habitación del hotel, por primera vez en mi vida, sentí que mis deseos de saber más y conocer más crecían como la espuma. “Tal vez aquí, en este país, se realicen mis sueños –pensé–. Nunca fui un peligro real para la dictadura. Sin embargo, muchas veces estuve preso. La última vez me destinaron a un campo de concentración, donde me torturaron y condenaron a muerte. Por suerte sigo vivo. Se dio un nuevo golpe de Estado y yo aproveché la confusión para abandonar el país y olvidarme del calvario que he pasado...”.

Salí del baño y abrí la ventana por donde entró un aire frío como la muerte. No podía estar solo en la habitación. Experimentaba la misma sensación de claustrofobia como cuando entré en el ascensor, en cuyo espejo me miré el rostro desfigurado por la tortura, recordando los años que pasé encerrado en una celda de dos metros por dos. Después, como era ya costumbre en mí, me acosté vestido en la cama y prendí el televisor a colores. Primero vi un reportaje sobre el bombardeo de La Moneda y el asesinato de Salvador Allende.

Seguidamente transmitieron un programa culinario, donde dos hombres, vestidos con delantales impecables, prepararon una comida exótica; una visión que, por supuesto, me golpeó de inmediato; era la primera vez que veía a dos hombres en la cocina, manejando los instrumentos con habilidad y destreza. No me lo podía creer, porque según las costumbres y tradiciones de mi pueblo, la cocina es un territorio reservado sólo para las mujeres, o como solía decir mi abuela: “Los hombres trabajan fuera de la casa y las mujeres en la cocina”.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana y cuando la luz del día aún no había ganado a las penumbras, desperté de una pesadilla escalofriante, los nervios alterados y el cuerpo empapado en sudor. Las secuelas de la tortura dejaron sus huellas indelebles en mi memoria, y aunque ahora dormía en un hotel de lujo y me consideraba un hombre libre, no me abandonaba la psicosis de persecución y tenía la impresión de que seguía encerrado en una celda solitaria y maloliente.

En mi pesadilla se reprodujo con nitidez la última vez que me detuvieron al salir del trabajo. Me encapucharon y llevaron a una “casa de seguridad”, donde me sometieron a sesiones de tortura. El primer día me desnudaron y, entre golpes y amenazas, me colgaron del techo, cabeza abajo y las manos atadas a la espalda. Me quemaron los pies con cigarrillos y me sumergieron en un recipiente de agua fría, intentando quebrantar mi personalidad y obtener la información requerida. El segundo día, mientras me interrogaban a golpes de culata, me obligaron a permanecer en la “posición del chancho”, el cuerpo doblado contra la pared, la cabeza rozando el piso y las manos atadas a la espalda. Pero como no dije una sola palabra, ni siquiera cuando me ofrecieron una fabulosa recompensa, me aplicaron la picana eléctrica en los genitales y el ano, acusándome de pertenecer a un movimiento clandestino y de tener armas escondidas en mi casa. El tercer día, cuando apenas podía mover las piernas y los brazos, me amarraron en una silla y me obligaron a escuchar los gritos de una mujer que era torturada en la sala contigua, diciéndome que habían capturado a mi madre y que la estaban violando para arrancarle la información que yo les había negado. Ésta fue la gota que colmó mi calma. Me levanté arrastrando la silla y, con una indignación trocada en un grito de furia, les dije: “¡Asesinos!...”. Después sentí un golpe que me suspendió en el aire y me tumbó contra el piso, el cuerpo asido todavía al respaldo de la silla. Al cabo de una semana, que me tuvieron a ración de pan y agua, me sacaron la capucha y recobré poco a poco los sentidos. Entonces pude ver dónde estaba; la sala tenía tabiques de ladrillos, el suelo de baldosas y un ventanuco que siempre estaba cerrado, pero desde cuyas rendijas se podía ver a los verdugos, torturando a hombres, mujeres y niños. Pero, claro, los detalles de esta historia terrible, que es peor que el dolor y peor que el olvido, no se los puedo contar a nadie, porque cualquiera que los escuche no va a creer o va a quedar con los pelos de punta.

Cerca del mediodía, ya de pie, bien cambiado y peinado, esperé a los policías que, un día antes, me trajeron al hotel. Y, mientras miraba los copos de nieve que caían danzando a través de la ventana, escuché unos golpes en la puerta. Abrí y me enfrenté al hombre que me entregó las llaves de la habitación. Me saludó en un idioma desconocido, me tomó amigablemente por el brazo y me condujo hacia el restaurante, donde me enseñó una mesa llena de comidas y bebidas. Quedé boquiabierto y no supe qué hacer. El hombre del hotel, al verme abobado en medio de tanta comida, me miró a los ojos, se llevó una mano vacía a la altura de la boca, hizo un ademán como hacen las madres cuando dan de comer a sus hijos y me señaló la mesa con la otra mano. Después se volvió y se fue. Me acerqué a la mesa, sin saber por dónde empezar, pero consciente de que era una oportunidad que no debía desaprovechar.

Me serví un plato lleno, un vaso de cerveza y un pedazo de pan duro que, al morderlo, me recordó a los panes que hacía el panadero de mi pueblo. Me retiré hacia una mesa del fondo, desde cuya ubicación pude observar a quienes comían en abundancia, mientras pensaba en lo injusto del mundo, donde pocos tienen todo y muchos no tienen nada.

A ratos, no podía concebir cómo este país, ubicado en el techo del mundo, podía ser tan rico siendo tan pequeño. Era una verdadera sociedad de consumo, donde pronto llegaría a comprender que se arrojaban los restos de la comida, con la misma facilidad con que se tiraban las ropas usadas, los muebles y los aparatos electrodomésticos.

Cuando volví a la habitación, los dos policías estaban esperándome en la puerta. Uno de ellos, el que aprendió a hablar español en las islas Canarias, dijo: “Alista tus cosas”. No pregunté porqué. Alisté mi maletín y salí del hotel junto a ellos. Afuera, el frío calaba hasta los huesos y el viento arrojaba puñados de nieve en la cara. El policía abrió la puerta del auto y esperó que me acomodara en el asiento. Cerró la puerta de un golpe y no volvió a decir palabra, hasta que llegamos a un campamento de refugiados, donde apliqué las sabias enseñanzas de mi abuela, quien, adivinando que algún día llegaría a vivir en un país extraño, me dijo: “Donde quiera que fueres, haz lo que vieres”. Y así lo hice.

En el campamento de refugiados, que estaba a medio camino entre el infierno y el paraíso, volví a nacer de nuevo. Allí aprendí un nuevo idioma, me acostumbré a un nuevo clima y hasta me enamoré de una muchacha hermosa, cuya sonrisa amplia, tan amplia como la naturaleza sueca, me devolvió las esperanzas que tenía perdidas.

Desde ese día han pasado muchos años y en el país de las maravillas han cambiado muchas cosas. Pero ésta es otra historia, que te la contaré otro día...


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